La tarde da paso a la noche y en el transcurso del camino el cielo nos avisa de que sus mejores caras están a punto de aparecer. Sería una gran idea hacer un alto en el camino para abastecer a mi copiloto de comida y bebida, ya que no me gustaría que Sara me arrancase un brazo a 110 km/h. Paramos y echamos una carrera hasta la tienda, jugándonos los honores y los premios dignos de dos niños de siete años que compiten por ser reconocidos y admirados en sus mundos imaginarios. Ella me gana y yo miro de mientras hacia los límites del área de servicio. Me pierdo entre las nubes…
Cámara en mano, me adentro en el campo y observo lo que tengo delante. Ojalá pudiese quedarme, que el tiempo se parase y que la paz que reina se apoderase de todas las dudas y nervios que aparecen en los momentos más inesperados. Aunque tratando de calcular este infinito, puede que pierda el mejor de los presentes y no es momento de escatimar en emociones, aun habiéndolas gastado en causas de las que no se obtiene respuesta alguna con la esperanza de recobrar la confianza en uno mismo…
El viento me despeja y saludo al sol. Miro al coche y mi pasajera me describe con la mirada la pitanza que está a punto de ser ejecutada sin piedad… Me hace reír como necesitaba… Guardo la cámara, cierro el maletero y arranco el coche...
No quiero acelerar…
No quiero que llegue el momento de empezar el final de todo esto…
No quiero frenar tampoco…
No quiero esperar a ver lo que los nuevos tiempos traen entre sus manos…
Escuchando --"We Feel Alone" - Wiliam Fitzsimmons

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